El Katrina, made in USA. (Por Atilio A. Boron)
CARTA DE MICHAEL MOORE A GEORGE BUSH
El discurso oficial de la Casa Blanca asegura
que el Katrina es un “desastre natural”, ante
el cual las autoridades poco o nada pueden
hacer. Sin embargo, un análisis serio del
asunto conduce a otras conclusiones. En primer
lugar, lo ocurrido era previsible y prevenible, como las inundaciones de la ciudad de
Santa Fe. Sólo que en lugar de que la catástrofe se abatiese sobre la
periferia de la periferia tuvo lugar en el corazón del sistema imperialista.
Esto demuestra, tanto aquí como allá, a quiénes sirve el estado y el gobierno
de las mal llamadas “democracias capitalistas”, que tienen casi nada de lo
primero y demasiado de lo segundo. El precio de tanta desprotección son miles
de vidas norteamericanas, en una cifra que ya se estima muy superior al de las
víctimas del 11-S, y que no por casualidad afecta a regiones con predominio de
poblaciones negras e hispanas que, como todos saben, no son las que más
preocupan al presidente Bush. ¡Tanto es así que, en un gesto que lo pinta de
cuerpo entero, enterado del desastre este pobre personaje manifestó su
compasión por la gente “de esa parte del mundo,” lapsus que delata que esa
parte no es la suya. El fenomenal deterioro ambiental a que está sometido
nuestro planeta tiene como una de sus causas principales el recalentamiento de
la atmósfera, a la cual los Estados Unidos contribuye como ninguno con su
criminal despilfarro de combustibles fósiles. Ni bien iniciado su gobierno
Bush retiró la firma que en los últimos días de su mandato había puesto
Clinton en el Protocolo de Kyoto, un gesto inédito en los anales de la
diplomacia norteamericana. Sin creer que tal protocolo sea la solución -que no
existe dentro del capitalismo dada su naturaleza eminentemente predatoria- era
por lo menos un paliativo. Pero Bush dijo que perjudicaría la rentabilidad de
las empresas norteamericanas, por lo que fue rápidamente desahuciado.
Segundo, la indefensión de los pobres que habitan esas zonas es producto de
las prioridades del gobierno “democrático” de los Estados Unidos. Lo más
importante es apoderarse del petróleo de Irak y garantizar para las empresas
que financiaron la carrera política de la elite gobernante que sus beneficios
no se verían menoscabados. El fenomenal déficit fiscal que esto provoca es un
asunto de poca importancia. Hay que sostener a cualquier precio esa aventura
imperialista con tropas, pertrechos, alimentos, vehículos de todo tipo que, en
realidad, deberían estar en su propio territorio para enfrentar previsibles
acontecimientos como el Katrina y para garantizar salud y educación a casi
cuarenta millones de norteamericanos que carecen de ella. La ambición imperial
exige recortar presupuestos postergando obras públicas imprescindibles, como
el reforzamiento de los diques que protegían a Nueva Orleans, reduciendo los
programas asistenciales y dejando en el desamparo a millones de personas.
Claro que como pocos de ellos votan en las amañadas elecciones no hay razones
para preocuparse demasiado. Salvo una catástrofe, claro.
Tercero y último, el Katrina desnudó lo que los “perfectos idiotas
latinoamericanos” –los Vargas Llosas, Montaners y otros de su ralea- han
tratado de ocultar desde siempre: el modelo de sociedad que quieren vender al
resto del planeta, el “American way of life” basado en el más desenfrenado
egoísmo y el consumismo sin límites es, en realidad, una siniestra utopía
negativa. En muchos países del mundo desarrollado han ocurrido catástrofes
similares a la del Katrina, como en Japón, con el terremoto de Kobe, y lo que
invariablemente ha ocurrido fue un florecimiento de la solidaridad social. En
los Estados Unidos, en cambio, la profunda patología social de ese país
produjo el efecto contrario: un feroz “sálvese quien pueda” que generó saqueos
en gran escala, violencia indiscriminada y bandas armadas sueltas por las
calles aterrorizando a sobrevivientes y a las patrullas de rescate. Tales
aberraciones nos hablan de una sociedad alienada y profundamente escindida,
que si no se desintegra en una horrorosa pesadilla hobbesiana de guerra de
todos contra todos es merced a su formidable aparato represivo: esos millones
de policías, guardias privados y destacamentos armados de todo tipo, más un
sistema carcelario que, medido en términos per cápita, no tiene parangón en el
mundo. Una sociedad que, en realidad, no es tal a causa de su exacerbado
individualismo y total falta de solidaridad. Por eso, ni bien la omnipresencia
de los aparatos represivos se relaja la descomposición moral de la sociedad
norteamericana -la que condena a millones a la drogadicción y exige instalar
detectores de metales en las entradas de las escuelas primarias para evitar
que los niños introduzcan armas de fuego o puñales- aflora con la violencia de
un volcán. Los bien pagados impostores que siguen proponiéndonos a los Estados
Unidos como un ejemplo, y que apenas ayer cantaban loas a Pinochet y Videla,
quedaron también ellos al desnudo, como los sufridos habitantes de Nueva
Orleans. Pero a diferencia de éstos, que gritan su rabia, aquellos permanecen
en un vergonzoso silencio, confesión inapelable de su infamia.-
Dr. Atilio A. Boron
Secretario Ejecutivo
Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO)